Comenzó a funcionar en parte la nueva sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, en Esmeralda y Arenales

Final feliz de una larga historia

Está a un paso de concluirse una obra de singulares características técnicas, fiel reflejo de las dispares políticas que caracterizaron a la Argentina de los últimos cincuenta años

El nuevo edificio

La sede de la cancillería argentina conforma un caso muy peculiar, y lo es por muchas razones. Resulta difícil encontrar un edificio ministerial cuyos planos tengan en el origen un concurso nacional de anteproyectos. Y más raro aún es que los autores del diseño ganador sigan hoy vinculados con el proceso que culmina con la paulatina ocupación de la obra.
Otro dato que singulariza esta historia es que, una vez premiado el mejor trabajo por el jurado del certamen de 1971, se cambiaron la ubicación, las dimensiones y la forma del futuro edificio.

Hace pocos meses se advirtieron algunos módicos movimientos y un buen día pudo verse que una entrada (situada en Arenales, a pocos metros de la esquina) comenzaba a funcionar, no ya para dar paso a operarios en overol, sino a funcionarios y diplomáticos de cuello y corbata.

Ya están ocupados y funcionan los pisos quinto y tercero, en tanto continúa en forma pausada pero ininterrumpida la terminación del resto. Esta ocupación progresiva permite hacer una evaluación que comienza a observar el edificio por dentro, con las limitaciones de la fragmentación ya comentada. Los espacios más impactantes de las recepciones -por ejemplo-, allí donde se ingresará cuando la Cancillería esté del todo concluida, no pueden verse todavía.

Por ahora, la entrada provisional se produce a través de un pasillo camuflado que nada tiene que ver con lo que serán los amplios recintos de los accesos definitivos. Pero apenas se llega a las plantas ya habilitadas, la vista se filtra enseguida hacia los enormes planos transparentes, con el fondo verde de la plaza San Martín y el cielo inconfundible de Buenos Aires. Los cielos rasos (fonoabsorbentes) son planos inclinados que acentúan ese atractivo visual que ejercen los ventanales, y hay un perfecto acondicionamiento acústico que aísla las oficinas y despachos de los ruidos de la calle.

A través de tantos años, cada vez que uno llega por Florida a la plaza San Martín y observa, por encima del follaje, el vigoroso cornisamento que remata las fachadas y la curvatura que evoca las mansardas del Palacio San Martín, no puede dejar de disfrutar de la armoniosa belleza de esa imagen.


Luis J. Grossman